LA HISTORIA DE SUSAN

By: | Tags: | Comments: 0 | August 11th, 2015

¡Corran! ¡No vayan caminando por sus hormonas bioidénticas! Soy la prueba viviente de que además de sanar, traerán salud y felicidad a sus vidas, ¡como a mí! Acompáñenme en este viaje y pónganse a prueba para saber si ustedes también pueden recuperar su vida!

Tengo 46 años de edad y, si me pongo a pensar en mi infancia, años preadolescentes, adolescencia y juventud, no puedo recordar algún momento en el que no haya tenido algún problema de salud. De bebé padecí infecciones del oído y resfriados; en la escuela primaria me sacaron las anginas porque eran enormes y dificultaban mi habla; en el quinto año me llegó la regla justo cuando jugaba futbéis en el patio —no fue una celebración por haberme convertido en mujer, sino más bien, el inicio de dolores y sufrimientos—; durante la secundaria comencé a sufrir dolores de cabeza que solo desaparecían si me quedaba dormida y la menstruación era tan dolorosa que un día al mes faltaba a la escuela. Practiqué todos los deportes posibles: basquetbol, voleibol, atletismo… Me encantaba ser parte de algo, así que tome mis dolorosos periodos como algo que tendría que soportar (a mi madre le había pasado lo mismo cuando era adolescente, así que supuse que mi hermana y yo habíamos heredado la maldición). Los problemas siguieron durante la preparatoria, pero además debía aguantar alergias y sinusitis al menos dos veces cada año, en agosto y diciembre. Tomar antibióticos se volvió mi forma de vida y pensé que así debía de ser porque ¡debía volver a la escuela, deportes y mi vida social!

Me fui a la universidad en 1978, pero desafortunadamente, las menstruaciones se habían vuelto más doloras y ahora me perdía tres días de clases al mes. Me daban dolores de cabeza y los cólicos eran tan fuertes que no podía ni levantarme de la cama. Fue la primera vez que pensé que no podría seguir viviendo así, por lo que comencé a buscar respuestas. Llamé a mi médico de cabecera y me recetó Advil, un medicamento nuevo en aquel entonces. ¡Vaya! Me sentía muy emocionada porque al menos aliviaba algo del dolor mensual. Sin embargo, continuaron los dolores de cabeza, SPM y demás. También seguí con los antibióticos para aliviar la sinusitis, faringitis estreptocócica, mononucleosis… ¡No podía mantenerme sana!

Conocí a mi esposo en 1983 y nos casamos al año siguiente. Era el amor de mi vida, aunque en aquel entonces no entendí que la parte de los votos matrimoniales que dice “en la salud y en la enfermedad” iba en serio y sería parte de nuestras vidas durante 16 años. Seis meses antes de la boda comencé a tomar pastillas anticonceptivas para ajustar mi sistema, pero eso acarreó una nueva serie de problemas. Batallé con infecciones de la vejiga, por levadura, pero lo peor fueron las MIGRAÑAS. Se volvieron tan agudas que me quedaba en cama, a oscuras, durante 12 a 15 horas. Al principio creí que era un problema hormonal, pero cuando le pregunté al médico ginecólogo y obstetra, dijo que no tenía nada que ver con las pastillas anticonceptivas y que debería consultar con un neurólogo. Fui y no encontró nada en los exámenes y tomografías que me hizo, que además costaron un montón de dinero. Me mandó a casa con medicamentos y me dijo que debía aprender a “controlar” mis síntomas. ¿Qué quiso decir con eso?

Cambié de médico ginecólogo y obstetra y dejé de tomar pastillas anticonceptivas porque mi esposo y yo queríamos empezar a formar una familia. Luego de un año de intentarlo, el doctor me aplicó unos cuantos exámenes y me hizo una laparoscopía para encontrar algún motivo. Los resultados salieron bien, así que buscamos a un especialista en fertilidad, uno de los mejores, “un doctor entre los doctores”. Nos recomendaron al doctor S, un tipo inteligente que de verdad quería ayudarnos. Fue el comienzo de nuestro periplo por la infertilidad. Luego de una plétora de pruebas, medicamentos, medicinas para la fertilidad, procedimientos, laparoscopías, miles de dólares y seis años sin encontrar algún motivo por el que no pudiéramos concebir, lo dejamos por la paz.

Adoptamos a nuestro precioso hijo en febrero de 1992. Fue la respuesta a nuestra plegarias, ¡la mayor bendición de nuestras vidas! A pesar de todo el dolor y sufrimiento, creemos que este es el plan que Dios tiene para nuestra familia. El primero año lo pasé en casa, atendiendo un negocio de cestos de regalos desde ahí. Seguí con las migrañas, menstruaciones con dolor, flujo abundante, SPM extremo y fatiga. Mi esposo tenía que irse todo el día a trabajar y luego regresaba para cuidar a nuestro hijo. Cuando tenía migraña se me hacía muy duro escuchar desde la cama a mi esposo dándole de comer, bañando y arrullando a nuestro niño. ¡Yo debía estar haciéndolo! Me sentía prisionera de un cuerpo que no me permitía vivir una vida sana!

Mis problemas empeoraron durante los siguientes dos años y terminé sometiéndome a una histerectomía completa. Explotaron unos sacos de endometriosis dentro de mi cuerpo y por la infección que surgió tuve que pasar cinco días en el hospital (en donde tomé más antibióticos). Mi ginecólogo y obstetra dijo que nunca había visto algo similar, pero que esas cosas pasan. Me recetó Provera para interrumpir la menstruación. Fue como pasar cuatro meses con menopausia. ¡Nunca me había sentido tan desesperanzada! Sentía el cuerpo seco, sin vida y arrugándose cada vez más. ¡Parecía una BRUJA! Me sentía tan culpable que perdí el control y mi pobre esposo e hijo lo sufrían junto conmigo. Mi madre tomó las riendas del negocio de cestos, que había pasado a una oficina.

Por fin la histerectomía! Había llegado la respuesta a todos mis problemas (o al menos eso pensé). Ese día comenzó el nuevo viaje. Cuando pasé de la sala de recuperación a mi habitación, me pegaron un parche de estrógeno a la cadera y me dijeron que con eso me sentiría mejor. Claro, como era de esperar, pasé por todos los parches de todas las farmacéuticas y tuve problemas con todos. Me sentía frustrada, y fue cuando el doctor me dio una pastilla y me dijo que si la tomaba ya no tendría problemas con el parche. Dijo que era Premarin, una medicina para mujeres segura, aprobada por la FDA. La tomé durante seis años y sufrí bastante. Aumenté casi 16 kilos, comencé a tener problemas de azúcar, a veces anemia, pero lo peor seguían siendo las MIGRAÑAS. Ahora aparecían en diferente momentos del mes, duraban más y eran tan dolorosas que me hacían sentir náuseas y vomitar. El ginecólogo y obstetra quiso recetarme medicinas para el dolor, para los dolores de cabeza, pero nunca los trató como parte de un problema hormonal (y era el mejor de su tipo, el especialista, el doctor entre doctores). Cada que salía de su oficina me ofrecía antidepresivos: “Susanne, dales una oportunidad, podrían ayudarte”. Yo solo le sonreía cortésmente, me las llevaba pero las tiraba a la basura. ¡NO ESTABA DEPRIMIDA!

Los dolores de cabeza empeoraron tanto que tuve que regresar al médico y pedirle su opinión. Me contó de un nuevo medicamento, Imitrex, que ayudaba a quienes padecían migrañas. Sabía de los posibles efectos secundarios, pero probé la inyección. Mis migrañas desaparecían, ¡voila! ¿Milagro? No. Aunque es cierto que eliminó las migrañas, comencé a sentirlas con mayor frecuencia. Los músculos de mi cuello se tensaban tanto que detonaban más dolores de cabeza, hasta tres por semana. No podía seguir así, tenía que detenerlo por mi familia, mi salud y mi negocio.

La respuesta a las plegarias de la familia llegó un día de 1999 mientras esperaba mi turno en un salón de belleza aquí, en Houston. Me puse a hojear una revista y ahí me encontré con un anuncio del Hotze Health & Wellness Center en el que se incluía la historia de una mujer. ¡La mujer se parecía a mí! Recuerdo haber pensado: dios, ¿será mi respuesta? Me dieron ganas de llorar. Creí que eso era lo que buscaba. Me fui a casa con la información en la mano y se lo conté a mí esposo. Se mostró algo escéptico, pero lo entendí; eran tantas las veces que se había desilusionado que ahora no quería emocionarse de más. Llamé al día siguiente. Quedé impresionada por su profesionalismo, pero más con los consultores con los que hablé. Con solo escucharme me dijeron más de lo que me había dicho cualquier especialista, doctor, doctor entre doctores. Sentí como si hubieran estado a mi lado durante los últimos 16 años y sabían lo que yo sabía. ¡Increíble!

Me impresionaron las instalaciones del centro. No parecían consultorios médicos. Todo era hermoso, el ambiente relajado, y todos sabían mi nombre. Conocí al doctor Hotze, que se portó amable y mostró interés en todos mis problemas. Escuchó y respondió, pero de verdad entré en shock cuando me dijo: “Susanne, podemos ayudarte, no estás sola, atendemos pacientes como tú todos los días y disfrutan de vidas saludables. Dudé, pero estaba dispuesta a hacer lo necesario!

El doctor me recetó un régimen de hormonas bioidénticas, Armour Thyroid, Cortisol, suplementos vitamínicos y un plan de alimentación sin levadura. Pronto las hormonas me brindaron la calma que me había faltado. Aumentó mi energía, pero la gran prueba sería ver si influían sobre mis migrañas. ¡Fue un regalo de dios! Durante los primeros meses siguieron las migrañas, pero comenzaron a desaparecer y yo solo aguantaba la respiración y pensaba: no puede ser para siempre ¿o sí? Poco a poco el optimismo tomó el lugar del miedo y comencé a pensar que podría vivir una vida sana. ¡Me sentí de maravilla! Mejoró mi humor, tenía más energía y ya no tenía que planear mi vida con las migrañas en mente. Me daban ganas de salir con mi hijo y esposo. Salíamos a caminar, hacíamos picnics en el jardín. ¡Pude crecer mi negocio! ¡Esto era una vida sana!

Leí toda la información disponible sobre las filosofías de las que hablaban en el centro Hotze. Quería estar informada y saber más, aprender por mi misma. Creía en el dicho aquel “A quien mucho se le da, mucho se le pide” y quería asumir la responsabilidad de mi salud, no solo por mí, sino también por mi familia, por mi querido e inquebrantable esposo, mi hermoso hijo, nuestros padres y todos los que nos habían ayudado en la odisea. Estamos a 2006 y escribo esto con lágrimas en los ojos, pero no de tristeza, sino de agradecimiento a Dios, a mi familia y amigos del centro Hotze. Ustedes me quitaron años de sufrimiento, dolor y desesperanza para tenerme en el lugar en el que estoy. No hay palabras para agradecerles.

Si está leyendo esto y usted, su hija, hermana, madre o amiga se han hecho pruebas y sufren alguno de estos síntomas, no lo dude, tome las rienda por ellas y compártales lo que acaba de leer en todas estas historias. Puede ayudarlas a cambiar su vida como lo hice yo. No solo las ayudará a sentirme mejor desde hoy, sino a ¡recuperar su vida!”

¿Puede relacionarse con la historia de Susan? Póngase en contacto con nosotros y permítanos devolverle su vida!

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