LA HISTORIA DE MAUREEN

By: | Tags: | Comments: 0 | August 12th, 2015

Nunca quise lastimarme, pero en una llamada le comenté la doctor que entiendo por qué las mujeres quieren lastimar a sus hijos, y por qué lo hacen. Era un fin de semana festivo en septiembre del 2004; mi esposo me dejó exhausta en cama mientras lloraba “sin razón” toda la mañana (se había hecho mi ritual de fin de semana) e intentaba tomar una siesta. Tan pronto como salió de la calle me sentí rebasada por un intenso miedo de estar sola y una incapacidad de permanecer detrás de una puerta cerrada. Me sentí como poseída, como si alguien hubiera tomado mi cuerpo y mi mente y no tuviera control sobre mí misma. Estaba sola en la casa, mis vecinos no estaban en la suya, y necesitaba alguien con quien hablar y acompañarme, pues me sentía muy asustada por lo que estaba sintiendo. Llamé al médico y me dijo que estaba “en mi ciclo” y que se me pasaría pronto. Se aseguró de que no tuviera pensamientos suicidas, y se puso a disposición para hablar en caso de que yo necesitara algo. Seguí llorando hasta la deshidratación y el cansancio. Mi esposo regresó a casa y me acompañó, habló conmigo y me consoló el resto del día. Al siguiente, visité un consultorio psiquiátrico, y el médico me aseguró que arreglaría mi mente y los ginecólogos, mi cuerpo. Me recetaron Xanax, Lexapro y más citas médicas en el futuro. Sentía a mi ser (que antes reconocía y me agradaba) entrar al infierno.

A mis 36 años tuve todo excepto un ovario que me habían extirpado. Parecía que todo funcionaba bien durante 10 años; en ese tiempo me prescribieron utilizar un parche a la semana. Luego de mi cumpleaños 49 en abril del 2004, la gente comenzó a decirme que era muy mandona y malhumorada, que había dejado de ser una persona divertida. Tras sentirme mal por un rato, decidí consultar para ver si era necesario un ajuste en mi parche. Fui al ginecólogo cada dos semanas, y cada vez me prescribían un nuevo parche, una nueva dosis, etc.

Finalmente, mis niveles se dispararon hasta el cielo. Mi ovario “despertó” y me sacó de control. Consulté 4 doctores, me practiqué sonogramas, escaneos abdominales y exámenes de sangre. Programé una cirugía para extirpar mi ovario, el cual tenía un quiste, pero antes debíamos atender un tumor suprarrenal. Me recetaron píldoras anticonceptivas que empeoraron mi humor, por lo que intentaron con otro parche. Entre tanto, aumenté 6 kilos, tenía mucha grasa en el rostro y subí una talla de sostén. ¡Estaba pasando por la pubertad a los 49! Fue horrible para mi esposo; actué como si no existiera. No era capaz de controlar mis emociones. Me recuerdo claramente parada frente al retrete, tirando mis anillos de bodas en su interior y pensando que nunca los necesitaría de nuevo. ¿Por qué no usé la palanca para que se fueran por la cañería? No lo sé. Él me vio cuando hacía esto y no dijo nada. No entiendo cómo soportó todo esto por tanto tiempo. Muchas veces me dijo “esta uno eres tú, estoy esperando a que regreses”

Luego de que “perdí la cabeza” en mi casa, el sonograma mostró que mi quiste se había roto. La endocrinóloga dijo que mis problemas habían terminado y canceló la cirugía. Puesto que ella es mujer y tiene las mismas partes que yo, decidí escuchar sus palabras. Mi ginecólogo, por su parte, dijo “no, esto sucederá de nuevo”. Me sentó mucho mejor durante dos meses hasta que en la navidad del 2004 reinicié mi llanto. Mi esposo me dio un Xanax, tal como lo había hecho muchas veces antes, y sobrellevé el día. Me practiqué más sonogramas que arrojaron otros quistes y finalmente tuve la cirugía en febrero del 2005. Mis cambios de humor volvieron y decidí dejar el Lexapro (no había requerido del Xanax por un rato). Por supuesto que todo empeoró. Mi meta era ponerme bien para mi 50 aniversario en abril del 2005, y no lucía muy bien en pleno marzo del mismo año. Mis niveles de estrógeno al usar el parche estaban muy por debajo de lo debido; no estaba surtiendo ningún efecto.

Solicité tratamiento de hormonas bioidénticas por un tiempo, luego de conocerlo en conferencias impartidas por los doctores Hotze y Sheridan, en el material publicado en su página web y en el libro del doctor Hotze. Aquí no se usan mucho las hormonas bioidénticas; son consideradas como “disparates” y algunos llaman “charlatanes” a los doctores que las emplean. Un día, mi ginecólogo accedió a tomar ese tratamiento. Me sentí mejor pero aún lejos de estar bien. Regresé al Lexapro, contrario a mi opinión, pero necesitaba solucionar esto. Durante meses mis compañeros de trabajo me tuvieron que tratar con delicadeza; me decían amablemente que era grosera con los pacientes (soy enfermera) y que hasta me tenían que encubrir para que el asunto no llegara a mayores.

En marzo del 2005, acudí a otra junta y escuché otra charla sobre hormonas bioidénticas, tiroides, etc., y leí de nuevo el libro del doctor Hotze. Hice todo, excepto ir a Texas. Me sentía fatigada todo el tiempo y hasta me imaginaba quedándome dormida en pleno tráfico de la autopista. Mi humor estaba mejor pero otros problemas emergían con más fuerza que antes. Solicité un examen de anticuerpos tiroideos y al encontrarse anomalías, el médico primario me comentó que el ginecólogo se encargaría de mi caso, pero el ginecólogo me remitió, a su vez, con el médico general del seguro. Ninguno de ellos sabía qué hacer con los resultados, ¡y la endocrinóloga afirmó que no encontraba nada malo, excepto mi privación del sueño! No sabía si reír o llorar, así que lloré porque, de nuevo, estaba contra la pared. De verdad sentí que nadie podría ayudarme, y que no aguantaría mucho tiempo así. Hacía tiempo que había rebasado los 50 años y mi caso no mostraba mejoría alguna. Mi familia estaba muy preocupada durante ese año, y mi hija de 23 años temía desarrollar estos síntomas algún día, lo cual también cruzó por mi mente. Mis hijos le preguntaban a mi esposo cómo estaba antes de querer hablar conmigo. Era comprensible: a los 25 y 27 años no entendían nada de esto.

Finalmente decidí viajar a Texas. Qué bocanada de aire  fresco. Sheri me acompañó por horas, y me dio tanta información que hasta la cabeza me dolió. El personal de la clínica fue maravilloso, me explicaron todo a profundidad, y la cita en general resultó grandiosa. Al retirarme, supe que regresaría a ser “yo” misma pronto. Descubrí que una de las razones de mi fatiga era la dosis prescrita por mi ginecólogo, que era tres veces más fuerte que la indicada por el doctor Sheridan. En tan solo cinco días me sentí más alerta, y para la segunda semana me sentí estupendo. Reía, me divertía, dormía cuando debía dormir y me despertaba cuando debía despertar. No solo perdí los 6 kilos que había aumentado cuando mi estrógeno se disparó, sino otros 5 adicionales. El tratamiento de Armour Thyroid, hormonas, vitaminas, modificaciones dietéticas, y toda la información que todo eso conllevaba marcó una gran diferencia en mi vida. Soy una mejor persona que antes; estoy más tranquila y sobrellevo mucho mejor las situaciones de estrés. Recuperé mi maravillosa relación con mi esposo de 30 años, a quien no puedo más que estarle agradecida infinitamente por su paciencia, amabilidad y amor incondicional a los que sometí a duras pruebas durante todo este tiempo. Salí del infierno en el que vivía. Si mi hija muestra síntomas de algo parecido, sé que hay formas de solucionarlo, y que nunca tendrá que pasar por todo lo que yo pasé para mejorar.

Gracias, Hotze Health and Wellness Center, por traer mi vida de vuelta!

¿Puede identificarse en la historia de Maureen? Póngase en contacto con nosotros y permítanos ayudarle a recuperar su vida!

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